Erase una vez...
Hace pocos, pocos días, en una enorme Comunidad gobernada por un hadaguirre, cuya familia hacía casas y casas para que sus ciudadanos pudieran alojarse de por vida empeñándose hasta las cejas, para así no tener que pensar en nada más que como llegar a fin de mes y así el hada poder seguir en su castillo comprado con el dinerito que pedía a sus amigos los dueños de los ladrillos, había una ciudad enorme en la que mandaba de manera cruel un ogro malo malísimo que quería hacerse con los dominios del hadaguirre.
El Ogro no cuidaba bien el bosque más bello de la ciudad y se le ocurrió utilizar sus enromes máquinas come árboles para arrancar un montón de ellos y dejar más calvo que calvo el enorme paseo del bosque de la ciudad. Los ciudadanos a los que gobernaba el Hadaguirre, como estaban más dormidos que la bella durmiente con tanto trabajo como tenían, con tantas facturas como tenían, con tanta desilusión ciudadana que el Hadaguirre les había hecho tener sin que ellos se dieran la más mínima cuenta, se quedaban adormilados esperando que un médico les atendiera sin tener que esperar en la gran lista de espera, sin poder llevar a su hijos a los colegios públicos que estaban llenos de negritos, chinos, indios, ecuatorianos y otros hijos de papas explotados en cualquier rincón de la Comunidad, hasta que un día apareció saliendo de su palacio la gran Baronesa, que era una Princesa amiga del Hadaguirre dispuesta a defender sus propiedades palaciegas –léase sus intereses- disfrazada de princesa defensora de la naturaleza. Entonces, los ciudadanos, que nunca habían salido a defender nada, acudieron a las puertas del palacio de la Princesa a recoger las migajas de los banquetes, como en los “Santos inocentes” –libro que casi ninguno había leído claro- La Marquesa repartía las limosnas por la Comunión de su nieto y los ciudadanos, llenos de pancartas y alegría besaban los pies de la Princesa mientras ella abrazaba en sueños al Hadaguirre unidas para vencer al Ogro malo malísimo que llevaba años destrozando la ciudad con sus enormes y peludas patas mientras nadie hacia nada por remediarlo.
Así que el Hadaguirre se salió de nuevo con la suya dedicando la mejor sonrisa, la Princesa se mostraba también feliz con la mejor sonrisa viendo como sus súbditos se les caía la baba envidiando su traje de Chanel y el Ogro continuaba con sus poderosas garras destrozando todo cuanto encontraba a sus paso diciendo que iba a quedar todo fetén fetén pero ocultando el daño que todas sus obras iban a provocar en la salud de sus ciudadanos. A todo esto, los ciudadanos súbditos del Hadaguirre, los ciudadanos igualmente súbditos del Ogro y los ciudadanos que también querían ser igualmente súbditos de la Princesa Baronesa, tenían hilillos de baba por la comisura de los labios mientras seguían siendo explotados, vencidos, apabullados, robados, desarmados a golpes de facturas y ladrillos, pero seguían bobaliconamente sonrientes cuando se veían en todas las televisiones y periódicos –ahora sí- sin saber que al monstruo de la mano negra -que ni siquiera conocían- lo que le importaba era lo que vende y abre telediarios y programas rosas el lamentable espectáculo de una Baronesa pija haciendo el payaso por las calles de Madrid, mientras algunos y algunas de los que se dicen más rojos que rojos la abrazaban creyendo defender lo mismo, que lo que le importaba al monstruo de la mano negra es hacer creer a los ciudadanitos que luchan por el bosque de la gran ciudad mientras él consigue una vez más ayudar al Hadaguirre, al Ogro y a la Princesa Baronesa a seguir con la mano en el ladrillo que al monstruo también le viene bien, mientras los ciudadanitos, doblan sus pancartitas, se vuelven a sus casitas y esperan a que lleguen las facturas del próximo mes, sin saber una vez más, que la mejor manera de defender los arbolitos y demás es utilizar unas preciosas cajas de cristal que cada cuatro años se ponen en las escuelas que el hadaguirre tiene ahora abandonadas, sin saber, que la mejor manera de manifestarse no es de la mano de la Princesa y que el Ogro de lo único que se preocupa es de que no se le doble el traje, que la corbata esté siempre en su sitio y de limpiar todos las mañanas la cadena del reloj de oro que, escondido en su bolsillo, le va contando los minutos que quedan para dar el salto por encima del Hadaguirre.
Nuño de Biedma y Rivera.

isabel vilallonga elviro dijo
esta pagina es un bodrio. desde la izquierda deberiamos hacer cosas mas productivas y no dedicarnos a la descalificacion barata como hacen los del PP y Jimenez Losantos.
o mejorais los contenidos y les dais mas seriedad, o dejar de mandarmela, ya que el sectarismo y el machismo que reflejais en ella me pone de mal cafe.
Isabel Vilallonga
8 Mayo 2006 | 01:05 PM